Esperanza Conde, La Pía

Esperanza Conde Rodriguez

Villa Clara, 1966

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Esperanza, o Pia como todos sus amigos le llaman, vive casi en un total aislamiento urbano. Su hogar se encuentra en un poco accesible caserío de los campos de Villa Clara. Su oficio consiste en cultivar la tierra junto a su esposo, lo cual constituye el sustento diario de la familia que conforma junto a sus dos hijos. Es una mujer de singular expresión, sonrisa tenue y sencilla, que recibe a los visitantes sentada sin más en el piso de la sala. Pía nunca ha recibido formación artística alguna, pero posee un vínculo inconsciente muy fuerte con el arte; motivada por una necesidad emocional y hasta un poco obsesiva, ella pinta con cualquier material que tenga a mano y sobre cualquier superficie, pues como ella misma plantea: “Yo sí tengo que pintar; eso no está en una, hijo…si no pinto me vuelvo loca…Cuando pinto me voy metiendo en otro mundo, veo una cosa aquí y otra allá y me voy calmando… Yo veo cabecitas que me dicen: ¡quiero salir!, ¡quiero salir! Y las pinto”. Sus motivaciones y fuentes de inspiración son desconocidas; ella misma no sabe describir porqué pinta ni qué significan sus dibujos. Nunca sabe exactamente qué es lo que va a pintar hasta que ya lo hace, y una vez consumido el hecho parece desprenderse emocionalmente del producto y lo tira en un rincón. Incluso si se le acumulan muchas obras las agarra todas y las quema, pues le entretiene ver los coloridos de las llamas; para así volver a empezar de nuevo a pintar. En otros casos, recorta a manera de silueta los dibujos que realiza en telas, proceso que alega precede a la quema de las propias obras.

 

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Aunque en su entera existencia solo ha conocido el campo, no le ha interesado pintar paisajes ni otra cosa de sus alrededores. En sus piezas deja salir a un sin número de singulares criaturas, fundamentalmente figuras humanas que se funden unas con otras y con todo tipo de animales no necesariamente autóctonos; no tiene explicación para ninguna de ellas ni que representan, no sabe, no entiende, no titula sus cuadros. Ella pinta en papel, en cartulina, en sábanas, en pedazos de tela o ropa vieja, en tablas, incluso en las paredes de su casa. Utiliza para ello lo que tenga disponible, desde acuarelas y lápices de color de uso escolar hasta asfalte, polvo de ladrillos o tierra; para ella eso no es lo importante sino sacarse de su cabeza todas esas imágenes que se le acumulan en su imaginar.

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